Una de las cosas más importantes que aprendí hace años en terapia, es cómo nuestro cerebro tiende a protegernos justificando cada decisión que tomamos. El cerebro genera automáticamente una racionalización post-hoc que nos protege de una probable paralización ante nuestros cuestionamientos (“¿tomé la decisión correcta?”, “¿evalué correctamente las opciones?”, “¿cómo corrijo mi decisión?”) discriminando la información que no vaya en el sentido de nuestras decisiones y generando información (muchas veces falsa) que soporte las mismas.
Ese sesgo de confirmación que se crea al discriminar la información, genera con el tiempo una distorsión de la realidad, que a la vez, se traduce en una divergencia cada vez más marcada. El riesgo de este mecanismo, son las consecuencias y repercusiones que puede tener en otros individuos u objetos, dependiendo de la situación que se trate.
La importancia de tener esto presente, radica en no perder el foco ni la justa ponderación de las circunstancias, exagerando lo que nos conviene pero también lo que nos incomoda, dándonos oportunidad de poder evaluar de una mejor manera qué es lo mejor para nosotros, y continuar… o corregir.