Mi 2019

Desde hace días quería escribir este post, aunque quise esperarme hasta el último día, porque el año pasado, fue justo hasta Navidad, cuando sucedió lo que definiría este año. Sé que hoy 30 no es el último día pero mañana no estaré aquí para escribir, así que ahora es el momento de hacerlo.

Puedo decir que este año lo comencé muerto, derrotado, derrumbado. Conocí  la depresión y la ansiedad en niveles nunca antes vividos por mí. Recuerdo cuando un amigo me dijo: “vas a estar bien. Yo tuve depresión y después de terapia sistémica, salí adelante”. En ese momento se me hacía algo imposible. Es como si ahorita me dijeran “vas a estar flaco”. Hoy, al final del año, puedo decir: estoy bien.

Como hoy estoy bien, quiero agradecer a quienes estuvieron conmigo en esos momentos de mierda, empezando por Dios, quien me acompaña y me sostiene. De los demás, No van en orden de importancia, porque todos fueron muy, muy importantes, así que empiezo por mis psicólogas, Adriana e Itzury, quienes con sus terapias me ayudaron demasiado en el proceso de salir adelante. Al psiquiatra, a quien sólo vi tres veces, pero quien con su diagnóstico me dio luz, y con su medicamento, la estabilidad para atravesar los 4 meses más críticos, aunque muriera de sueño. A mi prima Bere, quien a pesar de la distancia, siempre ha estado para mí en mis peores ratos (los más depresivos y de más ansiedad), sin importar la hora. Te quiero, primacha. A Terry, mi Teresita hermosa, por siempre echarme porras, motivarme y siempre confiar en mí. A Manuel, por las largas pláticas nocturnas por la ciudad o por teléfono, y por sus consejos.  A Gomix, por darme su apoyo anímico cada que platicamos. A Bodi y a los Gordos, por ser con quienes más salí y me distraje a lo largo de este año. A mi familia, que aunque siempre intento mantenerlos alejados lo más posible de estos problemas, sé que siempre me apoyan y se preocupan. A Nach, por sus canciones. A Vivaldi, por “Winter”.

Pero dicen que las penas y las olas nunca llegan solas. Hoy escribo desde una casa diferente a la del año pasado. Este año no sólo fue batallar con lo emocional, sino que, además, fue el peor año económicamente hablando, el año en que tuve que entregar la casa en donde viví por 6 años, el año que más gordo he estado, año en el que me alcanzó una vieja deuda, que por fin estoy saldando.

Y a pesar de toda la mierda, no puedo decir que haya sido un mal año. Me reencontré conmigo mismo, con mi mayor pasión que es escribir, con un gusto que abandoné de adolescente, que son las plumas. Aprendí como nunca antes, que endeudarse es la mayor pendejada que uno puedo hacer, y más a largo plazo. Me hice dos tatuajes que me encantan, algo que no imaginé el año pasado. Escuché más podcasts que cualquier año en mi vida, pero lo más importante, veo la vida como hace años no la veía: con gusto, con más libertad, con más empatía.

Mi 2019