¿Queremos gobernantes que trabajen o que caigan bien?

En México, un político tiene grandes ventajas en una contienda electoral si su personalidad tiene estas tres características: populachero, bonachón y echado para adelante. Por eso ganó Fox, por eso ganó “el Bronco”, por eso Andrés Manuel sigue vigente después de 17 años.

Esto lo deberían de saber todos los que aspiran a seguir desempeñándose a puestos de elección popular: El trabajo de un gobernante no es garantía de un futuro político prometedor. La fama que tienen los políticos en general, que los ubica como parásitos del presupuesto, no sólo parece ser indeleble, sino que, a su vez, borra de la memoria de la población, todos esos esfuerzos, trabajos y logros que algunos gobernantes consiguen meritoriamente durante su administración. Por eso, desafortunadamente en una elección, no importan los resultados ni la experiencia. Sólo importa la química.

No recuerdo una administración municipal en Colima que haya trabajado como lo está haciendo la administración de Héctor Insúa. En menos de año y medio, ha iniciado una transformación en la ciudad que tenía muchos años estancada: atención oportuna a solicitudes ciudadanas, festivales bien organizados, renovación de banquetas en gran parte de la ciudad (problema de décadas), finanzas transparentes, ahorros mediante austeridad, construcción de colectores pluviales (otro problema de décadas), mantenimiento a la casona del ayuntamiento y registro civil, jornadas de limpieza, etc. Y sin embargo, su reelección, está en duda. A la gente no le cae bien. “Por mamón”, me han comentado muchos.

En el mismo sentido, si Carlos Salazar Silva hubiera tenido tiempo de dejar a la Secretaría de Salud como dejó a la Universidad de Colima cuando fue rector, hubieran sido grandes noticias para el estado. Carlos Salazar durante su rectorado demostró ser un funcionario duro pero trabajador, estricto pero inteligente. Es a partir de su salida, que la infraestructura de toda la Universidad de Colima, se derrumbó. No se me ocurre otro nombre que pueda dejar toda la infraestructura de salud en un mejor estado que lo que lo hubiera hecho él. Pero al sindicato no le cayó bien. “Nos habla muy prepotente”, dijeron algunos trabajadores, y mediante quejas sindicales hacia un gobernador timorato, se provocó que el exrector dejara la secretaría.

Otro caso de hace ya varios años: Adrián López Virgen, alcalde de Villa de Álvarez. Siendo él presidente municipal de La Villa, se percibía un municipio lleno de obras: construcción de banquetas, remodelación de áreas deportivas, construcción de jardines. A pesar de ser un alcalde priísta, bajaba más recursos federales (gobierno federal panista, en su momento) que el alcalde capitalino Locho Morán (también panista, en su momento). De los alcaldes que tengo memoria, creo que con ninguno cambió La Villa tanto como lo hizo con Adrián López Virgen, sin embargo, lo mismo: no le alcanzó para ganar la diputación feedral. Por “mamón”, también decía la gente. Y es que sus aires de grandeza, y sus actitudes soberbias que imitaban ciertas de Fernando Moreno, no pasaron desapercibidas para la población.

Caso contrario. Tenemos a un exgobernador con acusaciones de que despilfarró y desvió recursos, que se hizo de un equipo corrupto, que endeudó al estado como nadie… pero que es de rancho, bonachón y populachero. Llega a caballo, llega tomando, y la gente lo recibe y saluda como si fuera una superestrella. Y seamos honestos, en las últimas décadas, ningún gobernador ha sido tan popular (y no hablo de aprobación) como lo fue Mario Anguiano. Desde la campaña, un amigo que lo siguió de cerca, incrédulamente me lo dijo: no me vas a creer, pero parece rockstar entre la gente. El “orgullo de Tinajas”, le cae bien a las clases populares, le cae bien a las mayorías, tanto, que pareciera están dispuestos a perdornarle sus agravios del pasado.

¿Cuál va a ser la vara con la que midamos a los candidatos para ser nuestros gobernantes en el 2018? ¿Dejamos de premiar al buen trabajo? ¿Dejamos de castigar al malo? ¿Elegimos a alguien que no tiene empatía con la población? ¿O de plano otra vez elegimos al más guapo?

¿Queremos gobernantes que trabajen o que caigan bien?